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Posts etiquetados con: depresión

No te rindas

Mario Benedetti

Poema de Mario Benedetti

no te rindas, aún estás a tiempo

de alcanzar y comenzar de nuevo,

aceptar tus sombras,

enterrar tus miedos,

liberar el lastre,

retomar el vuelo.

no te rindas que la vida es eso,

continuar el viaje,

perseguir tus sueños,

destrabar el tiempo,

correr los escombros,

y destapar el cielo.

no te rindas, por favor no cedas,

aunque el frío queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se esconda,

y se calle el viento,

aún hay fuego en tu alma

aún hay vida en tus sueños.

porque la vida es tuya y tuyo también el deseo

porque lo has querido y porque te quiero

porque existe el vino y el amor, es cierto.

porque no hay heridas que no cure el tiempo.

abrir las puertas,

quitar los cerrojos,

abandonar las murallas que te protegieron,

vivir la vida y aceptar el reto,

recuperar la risa,

ensayar un canto,

bajar la guardia y extender las manos

desplegar las alas

e intentar de nuevo,

celebrar la vida y retomar los cielos.

no te rindas, por favor no cedas,

aunque el frío queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se ponga y se calle el viento,

aún hay fuego en tu alma,

aún hay vida en tus sueños

porque cada día es un comienzo nuevo,

porque esta es la hora y el mejor momento.

porque no estás solo, porque yo te quiero.


Antídotos contra la depresión

Antídotos depresión

He aquí algunas sugerencias que pueden funcionar como antídotos a la depresión:

  • No duermas más de 7-8 horas. Aunque te despiertes cansado o con pocas ganas de empezar el día, levántate y haz cualquier cosa.
  • Actúa, muévete, haz cosas. Realiza actividades que antes de la depresión te proporcionaban placer y satisfacción. La acción es un potente antidepresivo. Seguir Leyendo

Actitud Keledén

keleden

Según John C. Parkin, “gurú” de la filosofía Keledén, cuando dices “¡Keledén!” (“fuck it” en inglés) renuncias a controlar algo, normalmente algo que te perjudica, y te abandonas al flujo de la vida. Viene a ser el equivalente occidental a esas ideas espirituales orientales que aconsejan dejarse llevar, renunciar y disminuir el control de las cosas (apegos).

Es como hacer una pedorreta al mundo del sentido común, a los convencionalismos, a la autoridad y al orden establecidos, a todo aquello que nos preocupa en exceso, a una existencia demasiado “llena de sentido”, al control excesivo sobre las cosas.

En mi opinión, no se trata de pasar de todo y abandonarnos a una vida egocéntrica y carente de valores morales, pero sí de intentar ser más flexibles, menos rígidos, de dejarnos llevar más por el fluir natural de la vida en lugar de querer controlar lo incontrolable, y de ser a veces un poco irreverentes con los valores establecidos, con lo “políticamente correcto”. Seguir Leyendo


Creencias irracionales en el TOC

TOC

En las personas que sufren de TOC (trastorno obsesivo compulsivo) se suelen encontrar una serie de creencias irracionales caracterizadas por:

  • Una sobreestimación de la amenaza o catastrofismo, que les lleva a exagerar la probabilidad o gravedad de algunos errores o sucesos desafortunados que “teóricamente” se podrían haber producido. Por ejemplo, haber dejado la puerta de la casa abierta, no haber cerrado la llave del gas, contagiarse del SIDA, etc, A partir de la pregunta: “¿Y si…?”, su imaginación se dispara y se puebla de horrores”.
  • Atribución de importancia excesiva al poder de los pensamientos. Tienden a creer que por el mero hecho de pensar algo, es muy probable que ese pensamiento se transforme en acción sin control de la mente. Por ejemplo, después de ver por la tele que un piloto suicida ha estrellado su avión con todos los pasajeros dentro (suceso que realmente ocurrió hace unos años, como recordarán), creer que ellos también podrían hacer algo parecido (tirarse al metro, etc.) sólo con pensarlo, llevados por un impulso que no podrían controlar. Olvidan que todos tenemos fantasías y pensamientos “indeseables” o “no deseados” en algún momento sin que esto implique que vayamos a convertirlos en actos de forma incontrolada, como si la mente fuera un coche sin frenos. De forma similar, también pueden creer que por el hecho de pensar algo “malo” o que va en contra de sus valores, se convierten automáticamente en seres humanos despreciables, olvidando que “malo” solamente es aquél que comete malas acciones: el que sólo las piensa alguna vez es simplemente un ser humano (imperfecto, como todos). Seguir Leyendo

Héroes cotidianos

S/Pilar Jericó, héroes cotidianos son aquellos que siguen adelante a pesar de las dificultades y que, en vez de centrarse en la queja o el lamento, aprovechan la desventura para transformarse positivamente y ejercer una influencia positiva en su entorno (aunque para la historia sean anónimos). Pero, advierte, no se puede desarrollar esa capacidad sin atravesar desiertos o noches oscuras. Concretamente, explica las diferentes etapas del proceso desde la “llamada de la aventura” hasta una “nueva integración” en la que el héroe regresa a su rutina pero transformado. Puedes verlo en el siguiente video: Héroes cotidianos

Como hay cosas que no se pueden escoger (por ejemplo, una enfermedad grave, un despido laboral, una ruptura afectiva no deseada, etc.) el reto está en aprovecharlas como una oportunidad de aprendizaje y de transformación de uno mismo.

Quizás no lo sepas, pero tú puedes ser también un/a héroe cotidiano/a, tú también puedes expandir tu zona de confort y transformar tu vida y la de personas de tu entorno. ¿Te animas?  Héroes cotidianos

Josep Planas – psicólogos Barcelona, psicólogos Vilassar de Mar, psicólogos online


¿Y si no estoy motivado?

Motivación versus autodisciplina

  • Lo ideal sería hacer las cosas con motivación, pero eso no siempre es posible. La buena noticia es que sin motivación también podemos actuar: la  motivación impulsa y ayuda, pero no es imprescindible para movernos, para “hacer”.
  • Tiene sentido hacer algo sin mucha motivación siempre y cuando creamos que esta acción nos puede llevar a unos resultados deseados y/o positivos para nosotros.

  Por ejemplo, una persona puede decidir hacer ejercicio físico o seguir una dieta sin que le guste, sin ganas, pero con el objetivo de mejorar su salud. 

  • Muchos objetivos valiosos en la vida requieren hacer algunas cosas que no nos gustan o no nos motivan lo suficiente a corto plazo. Pero si el esfuerzo vale la pena (o pensamos que puede valer la pena) a más largo plazo, en la mayoría de casos será positivo para nosotros soportar la frustración de no obtener un beneficio inmediato de dicho esfuerzo.
  • Por el contrario, un objetivo que nos motive mucho a corto plazo puede resultar perjudicial para nosotros.

                 Por ejemplo, consumir drogas.

  • Lo ideal sería saber siempre hacia dónde vamos, tener claros nuestros objetivos pero, a veces hemos de “hacer camino, caminando”, experimentar, probar y “aprender haciendo”. Como dice Antonio Machado: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
  • Cuando nos sentimos deprimidos o desmotivados, la inacción nos lleva a aumentar la desgana y la falta de motivación, creando un círculo vicioso del que puede resultar difícil salir.
  • Pero si hacemos un pequeño esfuerzo por movernos para hacer cosas, nos sentiremos mejor y romperemos, poco a poco, este círculo. Nos motivamos “haciendo”, y nos desmotivamos cuando nos encerramos en la inactividad y/o la queja y el victimismo.
  • Si nosotros no decidimos, si frente a una dificultad elegimos no hacer nada, los demás o las circunstancias acabarán decidiendo por nosotros y, normalmente, para peor.
  • A veces, intentamos cosas y fracasamos, sembramos y no recogemos, pero fracasando también se aprende. A veces, tenemos que cosechar muchos “fracasos” antes de obtener algún éxito.
  • Escoge tu actitud: aunque haya circunstancias que no puedes escoger, sí puedes escoger siempre tu actitud.
  • Recuerda que la vida es como el ECO: si le gritas “todo es una m., soy un desastre”, el destino te devolverá m. y desastres…

Josep Planas, psicólogos barcelona, psicólogos online, psicólogos Vilassar de Mar


“Dicen que no tengo nada”, una reflexión sobre la hipocondría

Hipocondria 2Un 75 % de las personas sanas padecen molestias físicas. Y de éstas, sólo un 5 % tienen alguna enfermedad que, sólo en el 10 % (de este 5 %) es grave:

Contrariamente a lo que se cree, la salud no equivale al “silencio” total de los órganos, a la ausencia de cualquier tipo de molestia o alteración física. Nuestro cuerpo realiza funciones complejas que pueden producir sensaciones molestas o dolores, algunos más evidentes, otros más sutiles.

Además, en el 25 % de los casos estas molestias se deben a causas psicológicas como la ansiedad, la depresión, el estrés, etc. En estos casos, hablamos de somatización, es decir, a la manifestación de problemas psicológicos y emocionales a través de síntomas físicos. Prácticamente cualquier trastorno psicológico puede somatizarse. Mente y cuerpo están estrechamente vinculados. Seguir Leyendo


El color de mi cristal

El color de mi cristal, terapia cognitivo-conductual

  • “Y es que en el mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” (Ramón de Campoamor)

“No nos afecta lo que nos sucede… sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede” (Epícteto)

A través del poeta Ramón de Campoamor, y del filósofo de la antigua Grecia, Epícteto, tenemos dos verdades que se complementan entre sí:

1)    Vemos las cosas según el color de las lentes (mentales) con que las observamos, es decir, según nuestra particular manera de ver la realidad conformada a través de los años por múltiples experiencias vividas, creencias, prejuicios, etc. así como por nuestro estado de ánimo y circunstancias actuales. En otras palabras, toda percepción, toda conclusión viene siempre “coloreada” por nuestra propia subjetividad,  estamos irremediablemente condicionados por nuestra particular manera de ver las cosas.

2)    De acuerdo con esta mirada, que no es más que una “interpretación” de la realidad, Seguir Leyendo



Cómo criar hijos tiranos

Hijos tiranosMark Beyebach nos recuerda con sentido del humor que hay dos grandes estrategias para criar hijos tiranos:

1)    No ponerles límites:

  • Ceder a todos sus caprichos,  no decirles nunca que no a nada. Y si alguna vez hacemos una excepción, explicarles con paciencia por qué no podemos concederles eso que nos piden, prestándoles toda nuestra atención.
  • Dejar que ellos sean siempre la prioridad,  que sus deseos se antepongan a los de los adultos, etc. Por ejemplo, dejándoles interrumpir cualquier conversación o tarea que estemos haciendo, dejándoles que tomen la mayoría de decisiones que afectan a la familia, etc.
  • Enseñarles a ser irresponsables: haciendo las cosas por ellos, defendiéndoles siempre aunque se hayan portado mal, etc.
  • Entrenarles para tener rabietas a menudo: decir primero que no, pero luego ceder. Así aprenderá que si su rabieta es suficientemente fuerte o larga, le sirve para conseguir su objetivo.
  • Entrenarles para hacer chantaje emocional: haciéndoselo a ellos. Por ejemplo, decirles tras una rabieta “pues ya no te quiero”, o “estamos todos tristes por tu culpa”

2)   Adoptando un estilo agresivo/ coercitivo:

  • Planteándoles exigencias constantes. exigirles más de lo que pueden hacer. Por ejemplo, pedirle a un niño de 4 años que se esté quieto dos horas, o que no solo obedezca sino que lo haga siempre a la primera.
  • No elogiar nunca sus logros, pero sí criticar todos sus fallos.
  • Plantearles exigencias contradictorias, caprichosas o inesperadas. Por ejemplo, decirle que tiene que esforzarse en hacer amigos y prohibirle que vaya a las fiestas de aniversario de otros niños.
  • Ser cortantes y agresivos con él/ella. Por ejemplo, con insultos, descalificaciones, gritos constantes, castigos físicos, etc. O adoptar un tono de absoluta frialdad e indiferencia.
  • Minimizar y justificar sus comportamientos agresivos. Y si los demás, reaccionan mal reprenderles (a los otros).

Con el estilo agresivo, el niño puede comportarse de forma agresiva/ tiránica (por rencor + aprendizaje del modelo), o también sería posible que se convirtiera en alguien excesivamente obediente y sumiso.

Y para apuntalar y potenciar todo lo anterior, Beyebach, propone también:

  • Hablar en vez de actuar. Es decir, que toda la fuerza se vaya por la boca. Y las amenazas, cuanto menos creíbles, mejor. Aquí entraría también tratar de razonar cuando el niño se pone hecho una furia.
  • Aplicar castigos imposibles de cumplir.
  • Levantar los castigos impuestos.
  • Perder los papeles, alterarse mucho, comportarse de forma muy agresiva o descontrolada. Ello facilita, además, que el progenitor que se ha descontrolado, luego se sienta mal y se arrepienta, levantando el castigo o cediendo en lo que no ha de ceder.
  • Ser exageradamente crítico con su conducta, humillarlo o maltratarlo, hacerle chantaje emocional, etc.
  • Actuar ambos padres divididos: desautorizar al otro progenitor, hacer concesiones a sus espaldas, etc.
  • En situaciones de divorcio o separación,  entrar en competición con el/la ex tratando de ser más complacientes para ganarnos al niño/a o aliarse con él en contra del otro progenitor, etc.

Y en la adolescencia:

  • Tratarle/ mimarle como si fuera un niño, convirtiéndonos en su criado/a para todo, cediendo a todos sus caprichos, etc. De esa manera, aprenderá a ser un/a irresponsable y a no tolerar las frustraciones.
  • Tratarle de forma excesivamente rígida o controladora, espiándole, invadiendo su intimidad, prohibiéndole cosas normales a su edad, desconfiando de él/ella en todo momento, criticándole todo, etc.
  • Abdicar de nuestras responsabilidades como padre o madre. Es decir, tirando la toalla y dejando que lo “eduquen” otros adolescentes, la tele, el ordenador, etc.
  • Hacerle chantaje emocional, recurriendo al victimismo, etc.

Y para “rematar” la faena:

  • Pasar por alto y minimizar las conductas tiránicas tratando, a la vez, de aplacar al tirano con nuevas concesiones.
  • Convencerse de que no es necesario hacer algo y mirar para otro lado.
  • Dejarse atemorizar y mantener el problema en secreto.
  • Intentar aplacar al hijo cediendo en todas sus demandas.
  • Mostrar mucha firmeza a nivel verbal, pero después no sólo no cumplir ninguna amenaza sino, además, acudir en su ayuda cuando se meta en problemas.
  • Entrar a trapo: estallar y levantar la voz, chillar, dar golpes en la mesa, insultar y descalificar, etc. Será fácil que ocurra si se ha ido acumulando tensión a base de ceder y aplacar.
  • Actuar divididos (los padres). Por ejemplo, adoptar uno de ellos el rol de “duro” y el otro de “permisivo/ blando”, o desautorizar al otro/a en presencia del hijo/a.
  • Centrarse totalmente en los problemas del hijo y descuidar la relación de pareja.
  • Evitar los acercamientos sanos, es decir, no para aplacar al tirano ni para premiar su buena conducta sino para mostrarle que, pese a todo, le queremos y valoramos lo bueno que tiene.

Resultados esperables (si hemos aplicado bien las estrategias anteriores):

  • El hijo/a se habrá hecho dueño de la casa, bien mediante la amenaza, la coacción o la violencia, bien mediante la pasividad y rigidez, atrincherándose en su habitación con sus videojuegos, etc. y sin asumir ninguna responsabilidad ni relacionarse con los padres.
  • Si lo anterior se consolida con los años, probablemente el hijo/a se instalará en el hogar paterno de forma permanente, como un parásito, explotando y maltratando a los padres durante años o incluso el resto de su vida.
  • Otras opciones podrían ser:   a) la (mala)salida de casa: el hijo/a se va (o se le echa) de malas maneras,     b) internarle en un centro, enviarlo a vivir con algún familiar (por ejemplo, una abuela o una tía), pagarle una habitación para que viva con amigos, etc.

 PARA SABER MÁS…

  • Cómo criar hijos tiranos (Mark Beyebach)
  • Contaré hasta tres! Los mejores consejos de Supernanny para educar a tu hijo (Jo Frost)
  • Con la mejor intención. Cuentos para comprender lo que sienten los niños (Marisol Ampudia)

Josep Planas – psicólogos Barcelona, psicólogos Vilassar de Mar, psicólogos online


¿Cómo gestionar mis emociones?

EmotionsLas emociones vienen a ser un sistema de señales internas cuyo objetivo es proteger nuestro bienestar. Así, por ejemplo, el miedo nos puede ayudar a protegernos de un peligro. O la ira, de un trato injusto si actuamos para reclamar nuestros derechos.

Por otro lado, el funcionamiento de nuestro sistema emocional es más bien arcaico: no ha variado mucho desde los tiempos primitivos en que los peligros para la supervivencia física eran muy elevados. Entonces, cuando una emoción se dispara, no sólo se activa una alerta mental sino también corporal, es decir, acelera la preparación de nuestro cuerpo como si  tuviéramos que hacer frente a una amenaza real a nuestra integridad física, lo cual hoy en día ocurre pocas veces. De esa manera, se producen (dependiendo de la intensidad de la alarma) una serie de cambios corporales (aceleración del ritmo cardíaco, dilatación de las pupilas, aumento del volumen sanguíneo, tensión muscular, cambios en la respiración, etc.) que teóricamente nos prepararían para la lucha o huida. Pero, al no estar ante una amenaza física, más bien son un estorbo y nos pueden generar una crisis de ansiedad en momentos en que más bien deberíamos conservar la calma para poder actuar con serenidad.

Complica más las cosas todavía, el hecho de que a veces puede ser una “falsa alarma”. Es decir, se puede activar por razones equivocadas, por una defectuosa interpretación de una determinada situación. Por ejemplo, si voy por una calle poco transitada, oigo unos pasos acelerados detrás de mí y pienso que alguien me quiere atacar o robar, y se trata simplemente de alguien que tiene prisa por llegar a algún sitio.  Vemos, una vez más, que esas señales están activadas por nuestro pensamiento. De ahí la importancia de pensar “correctamente”.  Y también puede ocurrir que haya un peligro y esas señales no se activen. Por ejemplo, cruzo de manera imprudente un semáforo en rojo porque no lo he visto o porque pienso que “a mí no me va a pasar nada”.

Volviendo al principio, diremos que las emociones nos proveen de una retroalimentación psicológica importante, que es vital para la regulación adecuada de nuestra salud física y emocional. Por ejemplo, cuando nos sentimos tristes o desanimados, la señal emocional nos está transmitiendo que algo no está bien. Y esa emoción “negativa” no desaparecerá hasta que hayamos tomado nota para cambiar o bien una condición externa o bien el pensamiento erróneo que la ha generado. La podemos hacer desaparecer artificialmente, por ejemplo consumiendo drogas o alcohol o de mil maneras poco constructivas pero no sería un buen negocio. Equivaldría a desactivar la alarma de un coche cuando nos están robando, sólo para no oír el molesto sonido.

Entonces, ¿cómo debemos responder a los signos emocionales perturbadores?. El objetivo de estas señales o signos es impulsarnos a actuar para resolver o eliminar el problema de fondo que las genera. Pero, lo primero que debemos hacer es determinar si el pensamiento que las genera está realmente justificado. Es decir, la señal podría estar basada en una percepción válida de algo que no está bien y que requiere una acción por nuestra parte.  O podría ser el resultado de una mala interpretación o una reacción exagerada de nuestro pensamiento. En este último caso, habría poco o ningún beneficio en realizar alguna acción con respecto a esta señal. Sería mejor calmarnos e intentar pensar de forma diferente. En resumen, debemos explorar nuestras opciones y preguntarnos: “¿es mejor tratar de cambiar la situación, o simplemente tratar de cambiar nuestros pensamientos acerca de eso?” A veces, la situación es injusta o mala pero no la podemos cambiar, no tenemos control sobre la misma: ahí también deberíamos intentar cambiar nuestra forma de considerarla. Otras veces, las más, se trata de intentar cambios en ambas direcciones: hacia afuera (condiciones externas) y hacia adentro (pensamientos o diálogo interno). Necesitamos ser cuidadosos para tomar la decisión apropiada. De lo contrario, ponemos en peligro nuestro bienestar emocional.

Finalmente, señalar que otro problema podría provenir de no haber identificado correctamente la emoción o sensación interna. Por ejemplo, si noto una desazón, como un vacío en el estómago que proviene de que me siento solo y falto de cariño en un momento dado, y lo identifico erróneamente como una sensación de hambre, comeré en vez de intentar acercarme a alguien o darme mimos yo. O también puede ser que note un malestar al que no sepa poner nombre: me siento mal, pero no sé si es tristeza, miedo, ira, frustración, aburrimiento, etc. En este caso, debería intentar ver qué imágenes o pensamientos se generan mientras estoy sintiendo esto y establecerlo por deducción. Por ejemplo, si me siento mal y por mi cabeza pasan pensamientos de que alguien se ha portado muy mal conmigo y de venganza, puedo deducir que es ira lo que siento (aunque puede estar mezclada con otros sentimientos de tristeza, frustración, etc.). A veces, no queremos reconocer una emoción determinada porque no cuadra con la imagen que tenemos o queremos tener de nosotros mismos, etc.

Josep Planas – psicólogos Barcelona, psicólogos Vilassar de Mar, psicólogos online


Dime cómo piensas y te diré como te sientes

cómo piensas “No nos afecta lo que nos sucede sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede” (Epícteto, filósofo griego)

De manera similar a Epícteto, la terapia cognitiva sostiene que ante una situación que nos estresa o produce malestar tiene una gran importancia la valoración o interpretación que hacemos de la misma, lo que nos decimos a nosotros mismos. Evidentemente, contarán también otras cosas como los recursos de que dispongamos para hacerle frente, el apoyo del entorno, etc. Pero aquí nos centraremos en la importancia de nuestro “diálogo interno” y en cómo éste juega un papel determinante en cómo nos sentimos y cómo reaccionamos.

Pongamos un ejemplo: ante el mismo hecho = mi jefe se enfada conmigo Seguir Leyendo


¿Me quiere o no me quiere?

me quiere o noEn su libro “Mujeres malqueridas”, Mariela Michelena, psicoanalista y escritora especializada en problemas de amor, nos dice que “malquerer” no equivale necesariamente a no querer, y que la pregunta que las mujeres deben formularse en las relaciones de pareja, no es tanto “¿me quiere o no me quiere?” sino más bien “¿me quiere como yo necesito que me quieran?, una relación así, ¿me compensa?”, “¿qué cosas no estoy dispuesta a tolerar?” etc. y que muchas mujeres confunden sentirse necesitadas (de cariño) con sentirse queridas. Años atrás, ya el psicólogo cognitivo Aaron T. Beck Seguir Leyendo


Todos vamos en el mismo barco

unidos en la diversidad-       Son nuestros defectos y errores, no las virtudes, lo que  conmueve y nos acerca unos a otrosJerome K. Jerome, Idle thoughts of an idle fellow

Todos somos seres humanos que vamos en el mismo barco, que compartimos fortalezas y debilidades. Y son, justamente, nuestros puntos débiles y nuestros defectos los que, realmente, nos convierten en personas dignas de ser queridas.

. Si fuéramos perfectos, no seríamos humanos. Además, una persona que fuera perfecta sería difícil de querer: no surgiría ninguna empatía, si acaso admiración o envidia.

La fragilidad es algo esencial de la naturaleza humana, y no deberíamos sentirnos avergonzados de ella. Seguir Leyendo


Demasiada medicación y poca psicoterapia

sobremedicaciónÉsa es la conclusión a la que llega Allen Frances en su libro “¿Somos todos enfermos mentales?” en la que critica tanto la inflación diagnóstica (tendencia a diagnosticar en exceso problemas mentales a personas normales en situaciones de crisis) como la sobremedicación.

Vivimos en un mundo en que todo transcurre a gran velocidad y en el que, da la sensación, de que no nos podemos parar. Si paramos para hacer una pausa, nos parece que estamos “perdiendo el tiempo” o que alguien nos va a empujar por detrás. Y si nos detenemos demasiado tiempo, nos convertiremos en “perdedores”. Hay que estar como sea en esa frenética carrera, aunque no sepamos muy bien hacia dónde nos dirigimos. Vivimos más años que generaciones anteriores, pero tenemos menos tiempo, ésa es la gran paradoja.

Por otro lado, la tecnología nos ha acostumbrado a tener las cosas que queremos con rapidez. Si por ejemplo necesitamos una determinada información, Internet nos tiene que dar la respuesta en cuestión de segundos y, si no lo hace, nos impacientamos, nos entra la ira: “cómo puede ser que esto vaya tan lento? Vaya conexión de m. que tengo”, etc. Antes (de Internet) había que ir a una biblioteca, sacar la ficha del libro, esperar a que el bibliotecario nos trajera el libro, consultar a veces diferentes fuentes… Ahora lo tenemos (casi) todo a la distancia de un “click”. Y no nos conformamos con menos. Ahora si mandamos un whatsap, “necesitamos” que nos respondan ya. Y, si por casualidad, el otro/a está ocupado en otra cosa, se toma su tiempo para contestar, está en la calle y no oye el sonido del móvil, etc. nos frustramos, pensamos que algo no va bien. Antes (del boom de los móviles) asumíamos más fácilmente que pudiéramos llamar a alguien por teléfono y no contestara de inmediato. Y antes de antes de antes (cuando todavía mucha gente no tenía ni siquiera un teléfono fijo), la gente se escribía cartas y tardaba días o semanas en obtener una respuesta. Y lo curioso de todo ello, es que el mundo también funcionaba.

Antes la gente asumía que no se puede ser feliz a todas horas, que a veces hay que soportar una cierta cantidad de dolor y frustración y que todo requiere su tiempo, y que los cambios (al menos los cambios importantes) no se consiguen de la  noche a la mañana. Y que la mayoría de las veces requieren esfuerzo y dedicación prolongados. Hoy, tendemos a pensar que todo aquello que no da resultados rápidos, no funciona o no vale la pena. No queremos soluciones a medio o largo plazo: queremos “varitas mágicas”.

Añadamos a todo lo anterior, la codicia de las empresas farmacéuticas y el poco tiempo que a menudo tienen los médicos de atención primaria para diagnosticar y recetar a un paciente (parece ser, corríjanme si me equivoco, que es una media de unos siete minutos en nuestro país).

El resultado suele ser una medicación excesiva o, incluso, innecesaria en determinados problemas psicológicos, o simplemente “humanos”, que se resolverían mejor con una psicoterapia, o en algunos casos leves, incluso con el apoyo y guía de alguien cercano. Y no estoy diciendo que no deban tomarse psicofármacos en determinados trastornos psicológicos de cierta gravedad, eso sería irresponsable por mi parte, pero sí que deben tomarse con precaución y siempre que sea posible con ayuda de psicoterapia.

“Ah, pero la psicoterapia es cara y no todo el mundo se lo puede permitir”, me diréis seguramente. Cierto, cierto pero:   1) a la larga, suele resultar más caro (a todos los niveles) conformarse únicamente con pastillas,       2) la medicación tiene efectos secundarios y, con el tiempo, tiende a ser menos efectiva,     3) la medicación nos hace más dependientes y, por si sola, no resuelve nuestros problemas. La idea, según la cual, todo se debe a un desequilibrio químico es falsa (han contribuido en difundir esa idea los poderosos intereses económicos de las industrias farmacéuticas publicando, a veces, trabajos de investigación equívocos o manipulados)     4) la psicoterapia no tiene por qué ser un tratamiento muy largo y puede adecuarse a las necesidades de cada paciente. En muchos casos, se dan tareas entre sesiones que pueden acelerar el proceso terapéutico si la persona está dispuesta a dedicarles tiempo.

Si quieres más información para tu caso particular, puedes contactarme a través del siguiente formulario o llamando directamente a los teléfonos 933150084 o 654898716.

Josep Planas – psicologos Barcelona, psicólogos Vilassar de Mar, psicologos online

PARA SABER MÁS

-      ¿Somos todos enfermos mentales? de Allen Frances.


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