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La autoestima: qué es y cómo la construimos

La autoestima es la opinión que tenemos de nosotros mismos, en función de una serie de características como aspecto físico, capacidades intelectuales, forma de ser, logros académicos o profesionales, manera de relacionarnos con los demás, etc. El éxito o valoración positiva en una o varias de estas áreas no garantiza la autoestima, ya que ésta es más bien consecuencia de un equilibrio entre todas ellas. Cuando el balance que hacemos es positivo, nos sentimos bien con nosotros mismos y capaces de afrontar los retos que nos pone la vida. En caso contrario, tendemos a sentirnos inseguros y vulnerables, incapaces de conseguir objetivos valiosos. La construimos a partir de:  1) el contacto con personas importantes de nuestro entorno: los padres, ante todo, pero también con otros miembros de la familia, profesores, amigos, grupo cultural, etc.,   2) nuestros logros, o la medida en que sentimos que conseguimos o no metas valiosas para nosotros (lo cual, a su vez, también está influido por el contexto social, económico, etc. en el que estamos insertos). Todos estos factores interrelacionan entre sí y nos dan una visión global de nosotros mismos.Son especialmente importantes los mensajes tempranos (infancia) que nos han transmitido nuestros padres y educadores acerca de nuestra valía personal, ya que muchos de ellos quedarán grabados en nuestra mente y se transformarán en nuestro diálogo interior, el cual promoverá un estilo o manera de percibir la realidad que nos puede llevar a deformarla o distorsionarla para ajustarla a lo que nos han impulsado a creer sobre nosotros mismos, con lo cual se reforzará dicha creencia (positiva o negativa). Por ejemplo, si un niño ha escuchado a menudo que es “estúpido” en boca de su padre o madre, tenderá a verse como tal en la edad adulta y a procesar la información que se ajuste a esa creencia, descartando la que la contradiga. Por un curioso mecanismo de la mente, tendemos a procesar más fácilmente aquello que nos resulta familiar, aquello que encaja con nuestros “prejuicios”. Hay que señalar, no obstante, que en contra de lo que suele pensarse, un niño no adquiere una buena autoestima diciéndole siempre que es maravilloso, ya que eso podría darle una idea poco realista de sí mismo que, más adelante, chocaría con la realidad y “pincharía el globo”. Inculcarle disciplina y autocontrol para que sea capaz de tolerar las inevitables frustraciones de la vida, así como hacerle consciente –con cariño- tanto de sus cualidades como de sus “defectos”, es también totalmente necesario. Los padres o educadores tienen que evitar, pues, tanto la sobreprotección/ indulgencia excesiva como las críticas constantes o el maltrato/ humillación. En posteriores entradas, explicaremos como de adultos podemos potenciar nuestra autoestima, sea cual sea el bagaje que hayamos recibido.