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¿Funcionan realmente los antidepresivos?

placebo.1[1]Hace unos años, el profesor Irving Kirsch y su equipo de investigadores fueron los artífices de una prometedora y provocadora línea de investigación que puso en tela de juicio la eficacia de los antidepresivos y cuestionó la práctica médica basada exclusivamente en la intervención farmacológica para pacientes con depresión. En su libro, “The Emperor’s New Drugs: Exploding the Antidepressant Myth”, publicado en el año 2009, expone los resultados de quince años de investigación al respecto.

Inicialmente, se centró en el análisis del efecto de los placebos y tras revisar, en 1995, 38 ensayos clínicos publicados en revistas científicas, donde se comparaba el efecto de los antidepresivos frente a placebos o el efecto de la psicoterapia frente a la ausencia de tratamiento en la depresión, sus resultados mostraron una mejoría de todos los pacientes, incluso de aquellos que sólo habían tomado placebos. Pero, lo que captó especialmente su interés fue el hecho de que los antidepresivos “sólo resultaban ser un poco mejores” que los placebos.

A partir de ahí, Kirsch comenzó su línea de investigación, incluyendo los ensayos controlados que las compañías farmacéuticas (que son las que patrocinan este tipo de estudios sobre eficacia de los psicofármacos) no llegan a publicar en muchos casos (si les son desfavorables) puesto que podrían perjudicar los ingresos de esta industria multimillonaria (según un artículo publicado en el diario La Razón en fecha 19/8/2013, el consumo de antidepresivos en España se ha triplicado en diez años y supone un 47 % del gasto farmacéutico en salud mental de España). De esta manera, consiguió acceder a los datos de un total de 46 estudios controlados, que demostraban que el nivel de eficacia de los placebos era todavía superior con relación al primer hallazgo: los placebos alcanzaron un nivel de eficacia del 82% respecto a los antidepresivos en el tratamiento de la depresión, diferencia que no era clínicamente significativa, es decir, que no demuestra que los antidepresivos sean realmente eficaces.

A partir de aquí Kirsch intentó buscar una explicación a estos sorprendentes resultados, para determinar si esta pequeña diferencia observada en la eficacia del antidepresivo frente al placebo era atribuible a un efecto real del fármaco o a la presencia de otro tipo de factores. Su equipo de investigación (método doble-ciego en el que ni los participantes ni los investigadores saben inicialmente quién está recibiendo el fármaco y quién el placebo) descubrió algunos resultados inesperados: tanto los antidepresivos (cuya acción radica en aumentar el nivel de serotonina) como otras sustancias totalmente diferentes (con un efecto contrario al de los antidepresivos) como opiáceos, sedantes, estimulantes o algunos remedios herbales tenían unos resultados parecidos en el tratamiento de la depresión. La explicación de estos resultados la atribuyó a otra característica compartida por todas estas sustancias: los efectos secundarios (boca seca, taquicardias, etc.), lo que le confirmaría al paciente de que está recibiendo el “verdadero tratamiento” y no un placebo y, por lo tanto, le hace más propenso a creer que se ha producido una mejoría real en sus síntomas de depresión. La conclusión es que el descenso en los niveles de depresión no se puede atribuir tanto al componente químico del fármaco, como a las expectativas de mejoría del paciente.

A partir de ahí, y para poner a prueba su hipótesis de que los efectos secundarios estaban sesgando las respuestas de los participantes, Kirsch emprendió una nueva investigación empleando, en vez de los habituales placebos, lo que se denominan placebos “activos”, es decir, placebos que producen efectos secundarios. En estos ensayos no se observaron diferencias significativas entre los antidepresivos y el placebo activo, es decir, todos los participantes manifestaron algún efecto secundario de uno u otro tipo y todos informaron del mismo nivel de mejoría. Tampoco se observó que las dosis más altas funcionaran mejor que las bajas, lo que pone de manifiesto que es extremadamente poco probable que los antidepresivos funcionen y sean realmente eficaces.

Para Kirsch, por tanto, los antidepresivos no son más que otro tipo de placebos, con efectos secundarios más notables, y que las mejorías no se deben al mecanismo de acción de la serotonina sino a la expectativa que tiene el paciente de mejorar cuando se convence de que está siguiendo un tratamiento eficaz.

A pesar de estos revolucionarios resultados, parece que no ha habido grandes cambios en el modelo médico/ biologista del tratamiento de la depresión. Es más, como he mencionado anteriormente, el consumo de antidepresivos, lejos de disminuir ha aumentado considerablemente. ¿Por qué? Tal vez haya demasiados intereses económicos detrás de todo esto que hacen lo posible para que determinadas informaciones no lleguen al gran público.

Según Kirsch y otros investigadores, habría que poner el acento, no en un supuesto desequilibrio neuroquímico, sino en los aspectos psicológicos y ambientales asociados al trastorno depresivo. A este respecto, la intervención cognitivo-conductual sí ha demostrado ser eficaz tanto en la reducción de los síntomas depresivos como en el mantenimiento en el tiempo de los cambios terapéuticos, con una notable disminución de las recaídas y sin efectos secundarios de ningún tipo.  El National Institute for Health and Clinical Excellence (NICE), que marca las directrices para las políticas de salud del Reino Unido basando sus recomendaciones en el análisis de la evidencia científica, indica que la intervención psicológica fundamentada en técnicas cognitivo-conductuales ha de ser el tratamiento de primera elección para el trastorno depresivo leve y moderado, y sólo en los casos más severos, se recomienda el uso de antidepresivos, pero siempre en combinación con tratamiento cognitivo-conductual.

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